Columna: Jugar antes que competir
- Equipo La Galería M

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Por Matías Barrera, Jefe de Deportes Colegio Saint George

En el Día Internacional del Juego conviene detenerse en contradicciones actuales que nos desafían a todos. Por un lado, los niños juegan más que nunca, pero se mueven menos. Gran parte de la infancia actual transcurre frente a pantallas, videojuegos y plataformas digitales que, si bien entretienen, difícilmente reemplazan los beneficios del juego físico.
A ello se suma la presión por competir cada vez más temprano. Muchos niños ingresan al deporte bajo lógicas de rendimiento y resultados cuando aún deberían estar explorando, descubriendo y disfrutando del movimiento. La experiencia de Noruega es ilustrativa: antes de los 12 años el foco está puesto en jugar, participar y desarrollarse, no en ganar campeonatos ni especializarse prematuramente.
La evidencia muestra que correr, saltar, trepar o participar en juegos colectivos fortalece la atención, la memoria, la planificación y la resolución de problemas, habilidades estrechamente vinculadas al aprendizaje matemático y al desempeño académico.
Los adultos tenemos una responsabilidad clave. Nuestro rol no es acelerar procesos ni convertir cada actividad en una competencia, sino resguardar la naturalidad del juego, hoy muchas veces contaminada por el marketing, las expectativas y la ansiedad por el logro. Finlandia incluso ha impulsado espacios de juego más conectados con la naturaleza, reemplazando superficies artificiales por tierra, barro, piedras y elementos naturales que favorecen la exploración y la creatividad.
Quizás por eso también resulta fundamental devolverles a los niños algo cada vez más escaso: tiempo para jugar. Tiempo para aburrirse, persistir, equivocarse y terminar lo que empiezan. Porque la tolerancia a la frustración no se enseña en una pantalla; se aprende jugando.
Antes de enseñar a competir, debemos volver a enseñar a jugar.




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