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Columna: Arquitectura de calidad, transversal y equitativa para vivir mejor

Por Mónica Álvarez De Oro, presidenta de la Asociación de Oficinas de Arquitectos (AOA), entidad miembro del programa Construye2025.

Mónica Álvarez De Oro.

Los arquitectos cumplimos un rol fundamental en las condiciones de vida de barrios y ciudades. Viviendas, edificaciones y espacios públicos dependen de esta disciplina que se encarga de diseñar, proyectar y construir para poder ofrecer espacios confortables y prácticos. Desde la prehistoria, la arquitectura ha estado presente en la vida de las personas, pero ha ido evolucionando con el progreso y el crecimiento de la población.


¿Qué desafíos enfrenta la disciplina, a 78 años de la fundación del Colegio de Arquitectos de Chile? En primer lugar, la arquitectura debe volver a reflexionar sobre su sentido más primitivo. Comenzó como una respuesta básica al ser humano, de protección frente a las inclemencias del clima y fue evolucionando hasta llegar a grandes edificios encargados en un principio solo por el Estado, la iglesia y las élites económicas. Posteriormente, con la llegada del modernismo, volvió a las personas, con notables proyectos, entre ellos, de vivienda de clase media y social.


Proyectos de vivienda colectiva e individual de gran calidad arquitectónica, han posicionado a Chile en el mundo. Sin embargo, la vivienda social se ha quedado atrás, aunque existen algunas experiencias dignas de admiración, como la de Alejandro Aravena que alcanzó el codiciado Premio Pritzker por su trabajo.


Es por eso que debemos levantar el tema, ayudar a modificar normativas, acortar tiempos de procesos de aprobaciones, entre otros, para lograr una arquitectura de calidad, transversal y equitativa, que ayude a las personas a tener un mejor vivir.

No podemos olvidar que la arquitectura y el urbanismo van de la mano: la primera siempre impacta al segundo, en mayor o menor manera. Se trata de conceptos indivisibles, que juntos conforman un sistema. Lamentablemente, el diseño urbano de nuestras ciudades -que por su envergadura queda en poder del Estado- había quedado relegado, a través de una planificación muy general, al último plano frente a necesidades de la población que pueden verse ahora como más inmediatas.


La planificación urbana impacta directamente en la calidad de vida de las personas, su salud física y mental e incluso en su movilidad social. En ese sentido, el mayor problema es que los planes reguladores comunales no conversan entre sí y los planes metropolitanos son obsoletos y poco claros. Además, los tiempos de aprobaciones se ven sobrepasados por la velocidad de los cambios sociales y técnicos.


A pesar de ello, organismos estatales, arquitectos y urbanistas trabajan para desarrollar políticas públicas urbanas que logren cohesionar y darle un sentido lógico a nuestras ciudades. Y es que todos los profesionales de la arquitectura debiéramos aportar a la edificación del espacio público, generando un vínculo. Si entendemos cada edificación como parte de un sistema y, con ello, su deber de contribuir a un mejor resultado, nuestras ciudades serían definitivamente diferentes y mejores.


Chile ha cambiado y lo ha hecho demasiado rápido, y las políticas públicas no están cambiando con la velocidad necesaria. Es hora de flexibilizarlas, de hacerlas más resilientes y más adaptables al cambio; de basarlas en la confianza entre el mundo público y privado y no en la desconfianza, como hasta ahora se ha hecho. Estamos en un punto en que muchas cosas cambiarán y lo harán para siempre. Somos nosotros los responsables de hacer que esos cambios sean positivos y, para ello, es central un correcto diagnóstico de los requerimientos de la sociedad hacia su hábitat.