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Carta al Director: Cuando el diagnóstico falla y el sistema no responde

  • Foto del escritor: Equipo La Galería M
    Equipo La Galería M
  • hace 10 horas
  • 2 Min. de lectura


Señor Director:

Escribo estas líneas desde la impotencia y la angustia que como madre vivimos hace solo unos días, tras una cadena de errores y carencias que pudieron tener consecuencias irreparables para mi hija de 11 años.


El jueves a las 3 de la madrugada comenzó con dolor de estómago y vómitos. El viernes acudimos al CESFAM Juan Pablo II, en la comuna de Lampa, donde fue diagnosticada con “gastroenteritis aguda” y medicada con calmantes. Sin embargo, el dolor no disminuía. El sábado regresamos al mismo recinto porque seguía con fuertes molestias. En ambas oportunidades pregunté explícitamente si podía tratarse de una apendicitis. La respuesta fue que no presentaba los síntomas —no tenía fiebre— y, sin realizarle exámenes ni derivarla, insistieron en el mismo diagnóstico.


Solicité que la derivaran al Hospital Roberto del Río, pero me señalaron que no podían hacerlo porque, según su evaluación, se trataba solo de una gastroenteritis.


Como padres, decidimos no conformarnos. Nos negamos a administrarle nuevamente el medicamento y la llevamos directamente a la urgencia del Hospital Roberto del Río. Tras dos horas de espera, fue atendida por la doctora Natalia León, cuya dedicación y profesionalismo agradecemos profundamente. Ella ordenó exámenes de sangre y una ecografía, los que confirmaron lo que temíamos: era una apendicitis.


Pero la angustia no terminó ahí. A pesar de la excelente atención médica y de contar con cirujanos disponibles, mi hija no pudo ser operada ese sábado ni el domingo porque no había anestesiólogo. Tuvimos que esperar su derivación a una clínica, rogando durante horas que su apéndice no se reventara. Fueron, sin exagerar, las peores horas de nuestra vida.


Ese mismo día había otros tres niños que también debían ser trasladados por la misma razón: otro caso de apendicitis y un menor con un brazo fracturado que requería cirugía. Según nos comentaron profesionales del propio hospital, la falta de anestesiólogos es una situación habitual.


¿Cómo es posible que un hospital pediátrico de referencia nacional cuente con cirujanos, pero no con anestesiólogos suficientes para responder a urgencias? ¿Cómo es posible que diagnósticos apresurados en la atención primaria pongan en riesgo la vida de nuestros hijos?


Mi hija hoy se encuentra fuera de peligro, pero no todas las familias pueden correr con la misma suerte. Esta carta no busca culpables individuales, sino llamar la atención sobre un problema estructural que requiere soluciones urgentes. La salud pública no puede depender de la intuición de los padres ni de la disponibilidad circunstancial de un profesional clave en pabellón.

Atentamente,

Julia Salas Sepúlveda

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